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Psicología Familiar

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1. El amor en la familia

Así como en todo circuito eléctrico, la corriente circula con determinadas pautas físicas, el amor en la familia, para que circule debe darse bajo ciertas “pautas psicológicas”, cierto orden, el cual no es producto de la mente de ninguno de los integrantes, sino que es un orden que viene dado por la naturaleza humana. Estas pautas funcionan como un timón al impulso amoroso, como los caminos adecuados para que ese amor no se convierta en sufrimiento.
Cuando alguno de las “pautas psicológicas” no son respetadas surgen problemas específicos. Las pautas son:

  • La pertenencia: todo integrante de la familia, todo, pertenece y este hecho es percibido sobre todo por el hijo como un gesto de amor por el cual puede estar dispuesto a sacrificar su vida. Cuando alguien es excluido de la familia, desvalorizado, esto genera graves descompensaciones. Ejemplos de familiares excluidos: familiares suicidados, hijos no reconocidos, etc. Cuando esto sucede, fácilmente uno de los integrantes se identifica con el excluido, reproduce el destino ajeno o paga expiando culpas de otros.
  • Equilibrio entre dar y tomar: sin embargo, en la relación padres e hijos no es posible lograr este equilibrio…los hijos no pueden dar a los padres. El hijo solo puede devolver esto a su hijo. Muchas veces alguien se niega a tomar porque eso le permite  sentirse superior. Pueden producirse maneras inapropiadas de compensación: que alguien renuncie a su felicidad por otro, pagar culpas ajenas, el sacrificio.
  • Normas y reglas: todo grupo humano las posee. Quien incurre en falta con ellas, se convierte en un “infiel”.
  • Jerarquía: los que vinieron antes, están arriba en la jerarquía, los que vinieron después, debajo…aunque la prioridad la tienen los pequeños. Los que vinieron antes dan y los que vinieron después toman. El hecho fundamental de este proceso es poder aceptar y tomar (activamente) del padre y de la madre. Un riesgo habitual en este sentido es que un hijo piense que le da y enseña a alguno de sus padres; o que el hijo quede en el medio de los problemas vinculares de los padres, lo cual le imposibilita tomar de ellos. Tomar significa, tomar los recursos y modelos que ellos tienen para darnos a la hora de ser hombres o mujeres…luego vendrá nuestra diferenciación o síntesis personal. Cuando este acto de tomar no ocurre, el hijo vive intentando diferenciarse de los padres, pero no se da cuenta que en el mismo intento de no ser como ellos, en verdad lo es. Solo tomando de los padres, luego es posible desprenderse de ellos.

La conciencia, como instrumento fundamental de autoconservacion y adaptación, nos va indicando a través del sentimiento de culpa que estas “pautas psicológicas” se cumplan.

2. Nuestras raíces están en nuestra familia

Nuestra personalidad, maneras de vincularnos, modos de proceder que nos dan el sentimiento de identidad (yo soy), tienen las columnas de sus estructuras en las raíces que son la familia.
Estando ya en el vientre materno, quienes nos rodean hablan de nosotros, preparan nuestro lugar para cuando nazcamos (físicos y psicológicos), nos desean, piensan en nosotros; desde el primer llanto provocado por el primer perdida (el vientre materno) ese lugar comienza a materializarse. Si el útero es el primer medio que nos acoge, alimenta y nutre, la familia (sobre todo la madre al principio) es el primer medio que nos acoge psíquicamente: espacio de satisfacción de necesidades, deseos y gustos. Las miradas, caricias, cuidados, nos permiten alimentarnos afectivamente.
Esto genera una enorme deuda con el padre, una deuda que es importante vivirla no como tal sino “con agradecimiento”. Cuando esta deuda es vivida como tal, se vuelve imposible separarse de los padres porque nunca se va a poder devolver esta deuda.  No se podrá separarse de las expectativas, deseos, y heridas que nuestros padres han depositado en nosotros. El proceso de desprenderse de la familia, de la persona que creíamos ser (que esta en relación con el lugar de reconocimiento y amor que la familia nos dio) es gradual y lento. De cómo se lleve a cabo este proceso dependerán las decisiones más importantes de nuestras vidas, tanto en nuestras relaciones de amistad y amorosas como en nuestras decisiones vocacionales.
En casi todas las culturas, para poder facilitar este proceso, se llevan a cabo “ceremonias” o “ritos” de iniciación en donde las exigencias psíquicas y/o físicas facilitaban la transformación profunda del ser de la persona. Luego de estas experiencias, quedaba delimitado un antes y un después en donde las cosas ya no son las mismas.
En el transcurso de la vida se suceden muchas acontecimientos: separaciones conyugales, muertes, enfermedades, traiciones…son eventos que modifican al alma dándole una nueva cualidad. Para poder aceptar e integrar estas experiencias, como toda situación traumática, necesitamos remontarnos a nuestras raíces (los padres, los que nacieron antes que nosotros en nuestra familia). Siempre, ante una situación adversa el psiquismo hace un movimiento regresivo, de retorno a viejas maneras de vincularse….es como para tomar fuerzas y envión que permitirán superar el obstáculo. El inconveniente surge cuando perduran, aun tienen vida, viejos conflictos con las raíces. Estas situaciones suelen ser las indicadas para realizar una consulta. Si nos aferramos a la amargura y al dolor, viviremos una vida en penumbras y muerte en donde la vida es excluida impidiéndonos percibir, sentir y existir. No interesa las razones para estar “peleados con los padres”, interesa aceptar y tomar lo que fue dado por ellos: si respiramos es porque algo fue tomado: la vida.
Este proceso de aceptación y de recepción, permite luego un proceso de diferenciación de los modelos recibidos por los padres y redescubrirnos, reinventarnos a nosotros mismos y nuestro ser.

3. Del psicoanálisis a la terapia familiar sistémica.

Uno de los puntos de unión de estos dos marcos teóricos es el tratamiento  de niños donde se hace necesario incluir a la familia, los padres, en las consultas.
Muchos se resisten a integrar estas dos corrientes sosteniendo una falsa dicotomía, individuo vs contexto.  Sin embargo, no hay contradicción entre individuo y contexto porque las personas no existen fuera de los contextos.
Nuestra identidad esta determinada por los vínculos interiorizados con los distintos integrantes del grupo familiar que representan nuestro contexto.
De esta manera, no se puede establecer una separación entre estas dos corrientes, así como tampoco se puede separar al ser humano en mente vs cuerpo.
El problema surge cuando en las intervenciones que apuntan al individuo, se habla de características del ser o la esencia de la persona, cuando en verdad debiera hablarse de modos de manifestarse que están en relación a los modos de vincularse con el contexto; y por otro lado, el problema surge cuando desde una perspectiva sistémica se condiciona los procesos de cambio a la modificación del sistema. En ambos casos se le esta brindando tanto al individuo como a la familia cualidades permanentes que no existen.

El caso de los niños es distinto: la interiorización de los distintos integrantes aun no se realizó, por lo cual las posibilidades de cambio están condicionadas en mayor medida a lo que su contexto hace o no hace.

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